La agricultura urbana, desde los "Victory Gardens" de la Primera Guerra Mundial hasta las huertas en Colombia, ha sido una estrategia de resiliencia, soberanía alimentaria y construcción comunitaria. Hoy en día, estas prácticas fortalecen la inclusión social, la investigación, la sostenibilidad ambiental y la paz interior.
La agricultura urbana no es un fenómeno reciente; tiene raíces históricas que se fortalecieron durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando muchos países impulsaron los llamados "Victory Gardens" o huertas de guerra. Estos espacios buscaban garantizar la alimentación en tiempos de escasez y demostrar que el autocultivo podía ser una estrategia de resiliencia, soberanía alimentaria y unión comunitaria en medio de la crisis (Helphand, 2006; Lawson, 2005). Desde entonces, la agricultura urbana se reconoce como una práctica de subsistencia, una herramienta cultural, educativa y política.
En un país como Colombia, cuya base económica ha sido históricamente la agricultura y que cuenta con una profunda cultura campesina, esta práctica cobra un sentido especial. Muchas comunidades que se vieron obligadas a abandonar sus tierras por la violencia interna llegaron a las grandes ciudades, como Bogotá, llevando en su ADN agrícola la memoria y el conocimiento del campo. Así, las huertas urbanas se convirtieron en un puente entre la vida rural perdida y las nuevas dinámicas urbanas.
Yo, Omaira Cifuentes, no soy ajena a esta historia. Desde nuestra llegada a los cerros orientales de Bogotá, específicamente al barrio San Luis – Altos del Cabo, siendo apenas una niña de cuatro años, pude ver cómo mis padres sembraban una huerta en el lote donde vivimos. Con el tiempo comprendí que la agricultura urbana no es solo el "pan coger" diario, sino un espacio para tejer comunidad, fortalecer lazos familiares y vecinales, y también una fuente de ingresos mediante la transformación de productos y servicios como la educación ambiental, la herbolaria, la gastronomía o las rutas agroecológicas, que hacen parte del turismo comunitario sostenible.
Hoy en día, las huertas son también una escuela para la investigación y la inclusión social, porque la naturaleza no distingue de razas, sexos o lenguas. Además, aportan directamente a la mitigación del cambio climático mediante el secuestro de carbono, la reducción de la huella ecológica y la promoción de prácticas sostenibles. A esto se suma la paz espiritual que brinda cultivar y consumir alimentos sanos, cultivados con amor y respeto por la tierra.
La agricultura urbana nos invita a mirar la comida no solo como un bien natural, sino como un alimento espiritual, cargado de sentido y cuidado. Por eso, cada persona está invitada a ser parte de esta gran familia huertera: ya sea sembrando en su propia huerta, participando en el trabajo comunitario o apoyando los eventos que fortalecen el tejido social y cultural alrededor de la tierra.
Fuentes citadas:
Helphand, K. (2006). Defiant Gardens: Making Gardens in Wartime. Trinity University Press.
Lawson, L. (2005). City Bountiful: A Century of Community Gardening in America. University of California Press.